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Gonzalo Rojas
 

¿Qué se ama cuando se ama?

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,

o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

 

 

Contra la muerte

Me arranco las visiones y me arranco los ojos cada día que pasa.
No quiero ver ¡no puedo! Ver morir a los hombres cada día.
Prefiero ser de piedra, estar oscuro,
a soportar el asco de ablandarme por dentro y sonreír
a diestra y siniestra con tal de prosperar con mi negocio.

No tengo otro negocio que estar aquí diciendo la verdad
en mitad de la calle y hacia todos los vientos:
la verdad de estar vivo, únicamente vivo,
con los pies en la tierra y el esqueleto libre en este mundo.

¿Qué sacamos con eso de saltar hasta el sol con nuestras máquinas
a la velocidad del pensamiento, demonios: qué sacamos
con volar más allá del infinito
si seguimos muriendo sin esperanza alguna de vivir
fuera del tiempo oscuro?

Dios no me sirve. Nadie me sirve para nada.
Pero respiro, y como, y hasta duermo
pensando que me faltan uno diez o veinte años para irme
de bruces, como todos, a dormir en dos metros de cemento allá abajo.

No lloro, no me lloro. Todo ha de ser así como ha de ser,
pero no puedo ver cajones y cajones
pasar, pasar, pasar, pasar cada minuto
llenos de algo, rellenos de algo, no puedo ver
todavía caliente la sangre en los cajones.

Toco esta rosa, besos sus pétalos, adoro
la vida, no me canso de amar a las mujeres: me alimento
de abrir el mundo en ellas. Pero todo es inútil,
porque yo mismo soy una cabeza inútil
lista para cortar, pero no entender qué es eso
de esperar otro mundo de este mundo.

Me hablan del Dios o me hablan de la Historia. Me río
de ir a buscar tan lejos la explicación del hambre
que me devora, el hambre de vivir como el sol
en la gracia del aire, eternamente.

 

 
 

Gonzalo Rojas, uno de los grandes poetas chilenos del siglo XX, nació en Lebu en 1917. Estudió derecho y literatura en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, desempeñándose más tarde como académico en Valparaíso y Concepción. En esta última ciudad, a la que lo une un profundo vínculo, dictó clases de estética literaria en la Universidad de Concepción, casa de estudios donde más tarde asumió la Dirección del Departamento de Castellano. Además, ha ejercido la docencia (como profesor y conferencista) en diversas universidades del extranjero, entre ellas la Universidad de Utah, en Estados Unidos.

Gonzalo Rojas es, junto a Nicanor Parra, uno de los poetas chilenos vivos de mayor relevancia e influencia, tanto a nivel nacional como internacional, hecho que puede ser constatado en las numerosas críticas y artículos de prensa que se le han dedicado a su persona y a su obra y en los numerosos premios que ha recibido, entre ellos, el Premio Reina Sofía de España y el Premio Nacional de Literatura en Chile, obtenido en 1992.

Miembro de la Generación Literaria de 1938 y cercano, en sus comienzos, al grupo de la Mandrágora, Rojas ha dejado en más de un texto indicios de su cercanía con la estética surrealista, situándose su obra en una línea de continuidad con las vanguardias chilenas y latinoamericanas del siglo XX. Su primer libro, La miseria del hombre (1948), ya da cuenta de una poesía vital, con una enorme carga existencial que, junto al erotismo, el compromiso social y el poder sonoro de la palabra, aspectos que se han convertido en elementos permanentemente presentes en la obra poética de Gonzalo Rojas, así como en sus diversos recitales, entrevistas y artículos.

Autor fragmentario, Rojas sólo publicó tres libros entre 1948 y 1977, lo que no le impidió, sin embargo, ser considerado ya desde sus comienzos una de las voces de mayor importancia para la poesía chilena del siglo XX. Además se distinguió por su constante labor de difusión literaria, en la que destaca la organización, a partir de 1958 y hasta 1962, de los Congresos de Escritores en Concepción, en los que participaron autores tales como Allen Ginsberg, Ernesto Sábato, Mario Vargas Llosa y Vicente Gerbasi, entre otros.

Luego del golpe de Estado de 1973, y debido a su simpatía por el gobierno de Salvador Allende, Rojas debió partir a un largo exilio. De esta época datan poemas como “Cifrado en octubre”, dedicado a la muerte del dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), Miguel Enríquez, en cuyos versos expresa su visión sobre esos tiempos: “Son los peores días, los más amargos, aquéllos/ sobre los cuales no querremos volver”.

La Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos realizó una trilogía con lo mejor de la obra de Gonzalo Rojas, dentro de la cual se enmarca la publicación de ¿Qué se ama cuando se ama? (2000) y Réquiem de la mariposa (2001), y Al Silencio (2002).

El 10 de diciembre del 2003, la ministra de Educación, Cultura y Deporte del gobierno español, dio a conocer que, Gonzalo Rojas había sido merecedor del Premio Miguel de Cervantes 2003.