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Pedro Salinas
 

Aquí

Me quedaría en todo
lo que estoy, donde estoy.
Quieto en el agua quieta;
de plomo, hundido, sordo
en el amor sin sol.
¡Qué ansia de repetirse en esto que está siendo!
¡Qué afán de que mañana
sea
nada más que llenar
otra vez al tenderte
ese hueco que deja
hoy exacto en la arena
tu cuerpo!
Ni futuro, ni nuevo
el horizonte. Esto
apretado y estrecho:
tela, carne y el mar.
Nada promete el mundo:
lo da, lo tengo ya.
Nunca me iré de ti
por el viento, en las velas,
por el alma cantando,
ni por los trenes, no.
Si me marcho será
que estoy
viviendo contra mí.

 

 

Confianza

Mientras haya
alguna ventana abierta,
ojos que vuelven del sueño,
otra mañana que empieza.

Mar con olas trajineras
—mientras haya—
trajinantes de alegrías,
llevándolas y trayéndolas.

Lino para la hilandera,
árboles que se aventuren,
—mientras haya—
y viento para la vela.

Jazmín, clavel, azucena,
donde están, y donde no
en los nombres que los mientan.

Mientras haya
sombras que la sombra niegan,
pruebas de luz, de que es luz
todo el mundo, menos ellas.

Agua como se la quiera
—mientras haya—
voluble por el arroyo,
fidelísima en la alberca.

Tanta fronda en la sauceda,
tanto pajaro en las ramas
—mientras haya—
tanto canto en la oropéndola.

Un mediodía que acepta
serenamente su sino
que la tarde le revela.

Mientras haya
quien entienda la hoja seca,
falsa elegía, preludio
distante a la primavera.

Colores que a sus ausencias
—mientras haya—
siguiendo a la luz se marchan
y siguiéndola regresan.

Diosas que pasan ligeras
pero se dejan un alma
—mientras haya—
señaladas con sus huellas.

Memoria que le convenza
a esta tarde que se muere
de que nunca estará muerta.

Mientras haya
trasluces en la tiniebla,
claridades en secreto,
noches que lo son apenas.

Susurros de estrella a estrella
—mientras haya—
Casiopea que pregunta
y Cisne que la contesta.

Tantas palabras que esperan,
invenciones, clareando
—mientras haya—
amanecer de poema.

Mientras haya
lo que hubo ayer, lo que hay hoy,
lo que venga.

 

 

Sin voz, desnuda

Sin armas. Ni las dulces
sonrisas, ni las llamas
rápidas de la ira.
Sin armas. Ni las dulces
sonrisas, ni las llamas
rápidas de la ira.
Sin armas. Ni las aguas
de la bondad sin fondo,
ni la perfidia, corvo pico.
Nada. Sin armas. Sola.
Ceñida en tu silencio.
«Sí» y «no», «mañana» y «cuando»
quiebran agudas puntas
de inútiles saetas
en tu silencio liso
sin derrota ni gloria.
¡Cuidado! que te mata
— fría, invencible, eterna—
eso, lo que te guarda,
eso, lo que te salva,
el filo del silencio que tú aguzas.

 

 
 

Pedro Salinas nació en Madrid en 1891. Cursó Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad Central. Fue lector de español en la Sorbona y en Cambridge, y catedrático de literatura española en las universidades de Sevilla, Murcia y Madrid. De 1933 a 1936 fue secretario de la Universidad Internacional de Santander. Como consecuencia de la guerra civil, marchó al exilio, instalándose en los Estados Unidos, donde enseñó en Wellesley College y en la John Hopkins University. Durante algunos años ocupó una cátedra en la Universidad de Puerto Rico. Murió en Boston en 1951, pero sus restos yacen en el cementerio de San Juan de Puerto Rico. Libros de poesía: Presagios (Madrid, 1923); Seguro azar (Madrid, 1929); Fábula y signo (Madrid, 1931), La voz a ti debida (Madrid, 1933); Razón de amor (Madrid, 1936); El contemplado (Méjico, 1946); Todo más claro y otros poemas (Buenos Aires, 1949); Confianza (Madrid, 1955); la edición de Poesías completas (Barcelona, 1971, 2a. ampliada, 1975) incluye el libro Largo lamento , inédito hasta entonces, que debe situarse después de Razón de amor.